Cajones de palabras nunca dichas

Liliana Guzmán y el arte de bailar con el animal propio

Por: Salvatore Laudicina

Foto: cortesía de Liliana Guzmán

Al olfatear mi insistencia en descubrir lo que guarda en los cajones de sus palabras nunca dichas, Liliana Guzmán no opone resistencia. Provocadora, abre la jaula que habita en lo más intrínseco de ella y suelta a su animal propio. Jugada maestra. Delimita el territorio, mientras cautiva con sus respuestas a quien pregunta. Acaricia su fino pelaje de caídas y cicatrices. Besa sus fauces untadas de duelo. El animal se irgue. Adquiere esa rebeldía sensual tan propia de galanes hollywoodenses como James Dean.

En lo más recóndito de mi cabeza, suena una canción de Miles Davis. Guzmán baila con él a oscuras. Se respira el aire de un romance irrompible, medicinal, necesario. En este punto, la entrevista se adentra en los linderos de una magia prohibida para quienes ejercemos este oficio. 

Pese a la distancia, Buenaventura y Bogotá nunca se sintieron tan cerca. En el Pacífico, llueve a cántaros y en la capital del país también. Pero no sólo llueve afuera. También llueve adentro. Llueven letras, dilemas, memorias, preguntas que asfixian, respuestas que no complacen a las frustraciones.

Es algo que sólo podemos comprender quienes amamos la escritura.

Me parece verla en este preciso instante, sentada en su computador, una taza de café en su escritorio, releyendo los libretos de Las de siempre (Canal RCN),admirando su reflejo en las historias de sus protagonistas, reencontrándose consigo misma en cada diálogo, criticándose por alguna línea que pudo reescribir para darle mayor dramatismo a una escena determinada.

El espíritu de David Lynch aparece en la imaginaria escena del baile. Ella lo ve con esa mirada tan propia de los amores platónicos e inalcanzables. Él, siempre él. Indispensable en su manera de escribir,  narrar historias y dialogar consigo misma.      

“Hay un capítulo de Twin Peaks donde el detective Cooper le explica al cuerpo de policía en qué consiste su método de investigación. Esa escena definió mi forma ideal de creación, me llevó a interesarme en la meditación, en el budismo, en otras formas de comprender el mundo y el tejido interconectado que lo compone”, dice la Guzmán del mundo tangible con es nostalgia que tiende a volverse adictiva para quienes aman reencontrarse con el pasado.

Con mucha caballerosidad, el animal le cede su lugar a Lynch. Liliana decide bailar con los dos al mismo tiempo. Ambos amores la llenan y la hacen sentirse orgullosa de quien es como mujer y escritora.       

La bestia intrínseca ha sido ese amor denso que la ha acompañado a recorrer la espesura de lo aciago. Ese animal es la encarnación de sus traumas, sus errores, sus imperfecciones.

Ella sería incapaz de abandonarlo para correr a los brazos del otro.  Sin él dejaría de ser Liliana, la mujer que no tiene miedo a que un extraño husmee en sus cajones.      

Con Lynch, es un amor que encuentra su cauce en las imágenes y los diálogos.  No es un asunto de la carne, sino del ingenio.  

Son amores distintos pero obligatorios en su existencia.

Gracias a esos amores, leer a Guzmán se vuelve una adicción interesante.

Leerla en lo real y lo surreal.

Si quien pregunta sólo se limita a preguntar lo predecible, sin sumergirse en el bullicio de sentires que habita dentro de los silencios que corren como liebres en su cabeza, no hará mayor cosa.

Si mucho, obtendrá respuestas agradables al oído y una que otra frase memorable.

Puede que a otros colegas eso les complazca, pero me enamora más observar (en mi cabeza) a la mujer que baila jazz con sus dos amores, orgullosa de su adulterio, vestida con la sensualidad única de la doña Flor de Jorge Amado, librando una batalla campal contra sus demonios internos.

Esa mujer infiel y feliz a su manera es la que se cuestiona mientras respira, respira mientras vive, vive mientras sufre, sufre mientras ama y ama mientras escribe.

La matrona abnegada que amamanta a la Liliana de los roles cotidianos: la amiga, la esposa, la madre, la libretista de televisión y la escritora.  

Nada sucede al azar en este diálogo. Ella ha decidido despojarse del disfraz de perfección que por estos días se ha vuelto tan popular en la sociedad contemporánea.

 Sagaz, se desnuda para cautivarme.

Trato de imaginar el devenir de la entrevista.   

Es inútil.

Mi mente sólo tiene ojos para Guzmán.

En este preciso instante, en su rincón favorito de la casa, escribe las primeras líneas de la historia que dará vida a su segunda novela.   

No dejo de mirarla bailando jazz (presumo que le encanta) con esa bestia tan galante y con el espíritu de David Lynch.

Un ménage à trois que la llena de vida y creatividad.    

Con una escena tan poderosa y mágica, comienzo la misión de esculcar sus cajones.

Espero tener suerte.      

Primer cajón: honestidad medicinal de una mujer con cicatrices

Memorias densas, cicatrices vivas, verdades que le muestran los colmillos a la hipocresía para ahuyentarla.   

Para Liliana Guzmán, ese primer cajón de lo nunca dicho es un caos armónico y adorable.

Aunque todo está en desorden, se ve agradable a la vista.    

Hay una estética de lo imperfecto que enamora.

Adicionalmente, todo está embadurnado de un perfume único y desconocido. La fragancia es una mezcla de dolor genuino y lágrimas de una rebeldía ingenua.

Esculco con la frialdad propia de quien invade un territorio ajeno para colonizarlo.

Mientras lo hago, su honestidad muerde los dedos de mi curiosidad periodística.  

Tengo muchos traumas y he cometido muchos errores. La mayoría de ellos probablemente se derivan de haber nacido en un país machista del Tercer Mundo siendo mujer, en el seno de una familia disfuncional”, confiesa.

Quien habla es la misma mujer que baila en mi cabeza con su animal interno y con el espíritu de David Lynch. No hay máscaras ni personajes inventados a última hora para vender una historia propia de cuento de hadas en la entrevista.

 Necesito saber más. Esculco con cierto afán. En las yemas de mis dedos, se percibe la ansiedad propia de quienes buscan un secreto insospechado e indecible.

“Haber estudiado en un colegio brutal y austero me rompió y al mismo tiempo me enseñó todo lo que sé sobre disciplina y estoicismo”, añade. “Mi adolescencia y temprana adultez durante los años noventa y comienzos del dos mil, cuando uno no gestionaba sus emociones con terapia sino con sexo, drogas y alcohol; y de la baja autoestima e inseguridad producto de todo eso, me hicieron presa fácil en un sinnúmero de relaciones románticas, de amistad y laborales muy desiguales”.

Cada frase le propina un tiro de gracia a mis ideas preconcebidas y estereotipos sobre la mujer cuya escritura me hizo encender el televisor todas las noches para retomar el hábito de ver una telenovela.

Cuando uno habita en Buenaventura y piensa en la vida bogotana, cree que se va a estrellar de frente con las frases cliché de días felices y momentos propios de una princesa de Disney.

Por respeto a Guzmán, esas ideas y estereotipos salen despavoridos de mi cabeza.

El primer cajón ha quedado aún más desordenado y caótico de lo que estaba anteriormente.

A ella no le importa.

De hecho, lo disfruta.

Tiempo de proseguir con mi fisgoneo.

En lo más recóndito de mi cabeza, pone su cabeza en los hombros de su amada bestia intrínseca para sentir el romanticismo de la canción.

Momentáneamente, Lynch pasa a un segundo plano.

Segundo cajón: un reguero de aúllos, letras y emancipaciones (el lado oscuro)

En el segundo cajón, priman los contrastes: tinieblas luminosas, sollozos risueños, absurdos sensatos.

Me atrevería a decir que es uno de sus favoritos. Allí habitan las pertenencias emocionales de una mujer que se siente orgullosa del monólogo que le tocó actuar en la vida.

Un monólogo donde Liliana Guzmán pelea con las preguntas sin respuesta y conversa con sus deseos impronunciables mientras le abre la jaula a los preceptos que la condicionan en la sociedad.    

Se permite aullar, ser salvaje, renunciar a esa obligación de ‘ser políticamente correcta’ para pagar la cuota que exige pertenecer a este mundo.

Es inevitable seguir esculcando. En el rincón más diminuto del lado derecho, está su lado oscuro.

Al preguntarle por él, no piensa su contestación ni medio segundo:            

Esanimal, profundo, poderoso y desenfrenado. Creo que, en mi caso, es donde vive la creatividad. El resto, ese ‘yo’ que nos ayuda a ser funcionales en la sociedad es una capa de maquillaje que se logra a través de la educación y la represión”.

Para su fortuna, la escritura cumple con una función esencial: acomodar el reguero de aúllos, letras y emancipaciones que son como otros órganos de su cuerpo.

Como no amarla cuando le ha permitido y le permite anidar en la resiliencia y encontrar un poco de paz en medio de tanto averno y odisea que cabalga a sus anchas en esta vida compleja e injusta.

“Para mí la escritura es fundamental para sobrevivir, comprender y domesticar un mundo que muchas veces me parece hostil y absurdo”, afirma.

Es ineluctable preguntar si el descubrimiento de ese lado oscuro es producto de esa expedición en la que termina convirtiéndose el escribir sobre uno mismo y sobre lo que lo habita.

Tajante, Guzmán deja en claro que ese lado oscuro está por encima de la escritura misma:

 “No sé si lo descubrí escribiendo. Yo diría más bien que pude darle un nombre y ordenarlo a través del ejercicio de la escritura”.

Mientras lo piensa y lo dice, no se permite pausar el movimiento de sus dedos en el teclado del computador. Necesita sentirlo para sentirse viva, plena, agradecida con lo que ha dolido porque de ahí parte la belleza de aceptarse a sí misma, no pretender vender una felicidad irrisoria y bailar con ese animal propio que se alimenta de las preguntas sin respuestas y los existencialismos constantes de su averno.

Tercer cajón: el desalojo de las herencias matriarcales

Las huellas del animal propio de Liliana Guzmán han quedado tatuadas en el tercer cajón.

Está entreabierto. Caótico, pero en orden. Se respira la fruición de quien se ha liberado de los yugos de su historia.

En medio de las huellas del animal, se escuchan los respiros de la emancipación que desalojó de allí a las herencias de su matriarcado.

Aunque por momentos se observan los vestigios de la crianza conservadora de su abuela y de su madre en algunas memorias, una rebeldía medicinal rige en ambas esquinas de la gaveta. 

Mis antepasadas fueron mujeres criadas para complacer sin pensar jamás en ellas, para mantener familias unidas a cualquier costo, incluso el de su propia vida. Mujeres creyentes, católicas, con una fe inquebrantable en el matrimonio como institución, en el infierno y el cielo, convencidas de que una buena mujer no siente placer y no quiere sentirlo”, rememora.

Es así como ha construido una feminidad genuina, por momentos dulce y por momentos feroz, con una voz propia y unos deseos propios.

“Yo, sistemáticamente, levanté mi personalidad, ladrillo a ladrillo, en completa oposición a todo eso”.

Una manera de ver, sentir y entender el mundo que se transforma en una escritura intrínseca que no intenta vender goces sempiternos ni personajes perfectos.

Ese fue el sello distintivo de Las de siempre: mujeres de carne y hueso a las que puedes encontrarte en cualquier calle de este país. Reales, llenas de heridas y miedos, poco interesadas en encajar en el molde de la típica protagonista de telenovela.

Al igual que su hacedora, ellas también tuvieron que deconstruirse y resignificarse a medida que recorrían sus trayectos.       

“La idea de escribir esta historia nace de esa crisis profunda de identidad que sufrí al cumplir 40 años y de sentir que mi único sostén en ese momento fueron mis amigas de toda la vida”, detalla.  

Mujeres que contienen los fragmentos de una Liliana que aprendió a nadar vuelta trizas para no hundirse en el mar de los enojos inútiles.

Cuando la cuestiono sobre el parecido de estas mujeres con ella, responde sin titubear:

“Por supuesto. En cada una de ellas, hay algo de mí”.

Cuarto cajón: el método Guzmaniano

Se escuchan susurros y cuchicheos.

Provienen del cuarto cajón.

El cajón del método Guzmaniano.

Los recuerdos, las palabras y los dolores están ordenados por orden alfabético y año para que sea más fácil encontrarlos cuando Liliana los requiera para crear las tramas y los personajes de sus historias.   

Mientras esperan su turno, hablan entre sí para sobrellevar la espera y el tedio.

Han sido años de ensayos, errores y rutinas para desarrollar una técnica donde disfrutar el proceso es más importante que producir en exceso.

“Cuando era más joven me levantaba a las cuatro de la mañana, realizaba una rutina de movimiento físico y meditación, y me imponía unas quince o veinte páginas diarias en jornadas de más de diez horas en el computador. Cumplía a rajatabla”, dice.

Pero a la par con las historias, también llegaron los años y con ellos la vida en pareja y la decisión de ser madre.     

“Madrugar ya no se me da tanto. La cantidad de páginas y de ‘horas nalga’ ha disminuido mucho. Pero mi claridad con respecto a cómo insuflarles vida a los personajes, crear con detalle tramas interesantes para ellos y contar sus vidas con un propósito, se ha convertido en un ejercicio que disfruto muchísimo y, diría, es mi método actual”.

Ese método también le ha enseñado a mantenerse fiel a su esencia como escritora en la creación de los productos que hoy buscan tanto los canales de televisión como las plataformas de streaming.  

Tiene en claro que escribir para medios audiovisuales exige pensar en el negocio, pero también sentir la tranquilidad de hacer lo que se ama sin renunciar a su manera de narrar y sentir las vivencias de sus personajes. 

“El oficio del escritor es lograr encontrar un justo medio entre lo que pide el cliente y lo que se quiere contar. Y esto requiere mucha claridad sobre las expectativas del canal o plataforma y sobre el propósito de la historia. Si ese corazón se compromete, es difícil que el proceso de creación llegue a buen término. Defender ese corazón es el único innegociable”, expresa.

Quinto cajón:  Lo que no pudo ser y lo que será

Por fuera, el quinto cajón está embadurnado de una fragancia muy distinta a la del primero, tan única como la de Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de El perfume, la legendaria novela de Patrick Suskind.    

Es la misma fragancia que emana del cuerpo de Liliana Guzmán mientras baila jazz (en mi cabeza) con su animal propio y David Lynch en un adulterio adictivo para cualquier voyeur tímido y principiante como yo.

Al abrirlo, un gnomo con la cara de Campo Elías Delgado salta del susto. Me atrevería a decir sin titubeos que es la frustración de no poder terminar la película sobre el hombre que asesinó a varias personas en el restaurante Pozzetto de Bogotá en 1986.  

  “Esa historia me persiguió como un fantasma muchos años, pero creo que ya acepté que no debe ser contada por mí”.

Hay letras que caminan de un lado a otro como hormigas. Andan en hilera, esperando su momento para acomodarse en los párrafos de la segunda novela que escribe Guzmán.

Escribió la primera como su tesis para graduarse de su Maestría de Escrituras Creativas: Diario de una mujer invisible (2011).   

Al olfatear mi última pregunta, relacionada con la temática de la obra, responde con sutileza:

“Estoy en eso”.

Todos tenemos un animal propio

Hay una cadencia nostálgica y bohemia en la lluvia del Pacífico colombiano. Es una cadencia similar a la de la canción de Miles Davis que suena en mi cabeza mientras contemplo la escena de Liliana Guzmán bailando con su animal propio y el espíritu del hombre que le enseñó a amar el oficio de la escritura.

Curiosamente esa misma Liliana es la que ha estado sentada frente a su computador, escribiendo notas para su nueva novela, con una lluvia bogotana que le susurra versos de Alejandra Pizarnick al oído, y ha respondido a mis preguntas con una franqueza que resulta cautivante en una sociedad llena de hipocresía y máscaras.

Es justo aquí donde me percato de que mientras he esculcado los cajones de sus palabras nunca dichas, he descubierto que ella es una maestra del arte de bailar con el animal propio, el animal que habita en cada uno de nosotros y nos recuerda la complejidad intrínseca que nos pesa como la materia fecal que se queda atorada en nuestro colón y en nuestros intestinos.

Nos fastidia tener que cargar con él, amamantarlo con los dilemas que agonizan pero se resisten a morir.

La razón es simple: anhelamos finiquitar todo aquello que nos obliga a mirarnos al espejo y encontrarnos con nuestro yo más oscuro, feroz, malherido e imperfecto.

Sólo queremos admirar lo bello de una travesía que está delineada con el lápiz de un destino inesperado y aciago.

La vida duele, estropea y derriba a cada segundo.

Estamos hechos de traumas, nocivas herencias familiares, deseos que son amaestrados por las normas y los preceptos sociales. 

Y es allí donde habita la riqueza de Liliana Guzmán como mujer y escritora.

Ella siempre le agradecerá a su animal propio por recordarle quien es, lo que ha vivido, lo que ha sufrido y las batallas que ha ganado.

De paso, siempre estará allí cuando escriba sobre su propia historia a través de la historia de otras mujeres.

Aunque no me lo dijo, estoy seguro de que vendrá una segunda temporada de Las de siempre.  

Por mi parte, aunque debo despedirme de ella, la seguiré teniendo en mi cabeza.

Uno de estos días, le permitiré cumplir uno de sus sueños más preciados: estar junto al detective Dale Cooper, protagonista de Twin Peaks, serie creada por Lynch, en la escena donde le explica al cuerpo de policía del pueblo en qué consiste su método de investigación y les habla del Tíbet, el Dalai Lama y la invasión china.

Quizá al final de esa escena, también le permita bailar a solas con Cooper una canción de Miles Davis para conocerlo más a fondo.

Ni su animal propio ni el espíritu de Lynch se pondrán celosos por eso.