Letras que me salen de repente

La reparación pendiente

Ayer volví a recordarle a don Luis, el administrador del edificio donde vivo, que la puerta de mi habitación se hizo vieja y se cansó de abrirse y cerrarse correctamente.

Él, con la misma mirada cálida, lidiando con la partida de su esposa, doña Rubiela, ha vuelto a decirme que llamará al carpintero en los próximos días para resolver el problema.

Pero la reparación sigue pendiente.

Es aquí cuando me percato de que un alma otoñal y rota también habita en un espacio intangible donde la puerta está vieja. Y reparar el alma de un hombre que vivió cuarenta años con la mujer amada, obliga a sostener esa puerta para evitar que las memorias arrumadas no se vengan abajo y arrasen con todo a su paso.

Muy seguramente, detrás de esa puerta están las lágrimas que no se atreve a derramar en público para no perder su costumbre de mostrarse fuerte y no derrumbarse frente a los inquilinos.

Parece mentira que doña Rubiela ya cumplió su primer mes de muerta. El mismo tiempo en que la puerta de mi habitación comenzó con sus achaques.

Aún no me recupero de aquella noticia súbita, escrita en la pared del edificio.

Casualmente, el aviso de su muerte estaba pegado en la parte superior de la puerta principal del edificio, la cual también ha envejecido y se ha vuelto enemiga acérrima de las llaves que intentan abrirla a diario.

Ahora que lo pienso,las puertas también tienen derecho a perder su lozanía y a ponerse necias con el paso de los años.

Ellas huelen a lo que somos, lo que pensamos y lo que reprimimos. Cuando uno atraviesa una puerta, la perfuma con el aroma del aciago disfraz que ha elegido para pelear la guerra de este mundo absurdo.

Con el tiempo, las terminamos embadurnado de frustración y entendemos que ellas son una extensión de lo que somos.

Lo más seguro es que la próxima semana volveré a recordarle a don Luis que la puerta de mi habitación no cierra con facilidad.

Él volverá a decirme que llamará al carpintero.

Pero a diferencia de los otros días, le preguntaré cómo se siente.

Quiero que abra la vieja puerta de su alma rota y no tenga miedo a que su cúmulo de memorias se desborde y arrase con todo a su paso.

Si la puerta se viene abajo, no importa.

Todo tiene arreglo.

Lo importante es escuchar el llanto de palabras que tiene atoradas en la garganta, abrazarlo con mi prosa optimista.

Mi puerta puede esperar a un carpintero que jamás llegará y seguir como si nada.

La de él, no.

Partida inesperada

Esta mañana, tras cerrar la puerta de la habitación donde vivo, otra vez, el disparo fulminante de una noticia súbita. Esta vez, la noticia estaba escrita y pegada en la pared: la muerte de doña Rubiela, la administradora del edificio.

La última vez que hablamos, tuvimos un pequeño disgusto. Nada grave. De hecho, en diciembre me hizo llegar con su esposo, don Luis, un hombre encantador de esos que ya no quedan, como era costumbre, una porción de natilla hecha por ella con una receta familiar que mantenía en secreto.

Cuando se aparece desnuda, caminando en puntillas, con picardía infantil y el hocico hambriento de una hiena, la muerte te anestesia.

Lo viví con Yolanda, mi abuela materna. Como olvidar aquel 31 de marzo de 2004, cuando regresé al negocio familiar y un conocido me dijo que me fuera para el hospital porque le había ocurrido algo. Crucé la calle y le puse la mano a un taxi viejo y algo lento.

Cuando llegué, el disparo fulminante de esa noticia súbita me lo propinó el llanto de mi madre. Entonces, vino el momento aciago: entrar a la morgue.

El cadáver de mi abuela parecía un bulto de carne acostado en un camilla. Con el aturdimiento, el desangre intrínseco de quien no entiende nada mientras contempla el color verde en el rostro de una mujer que pudo haber enamorado a Alfred Hitchcock: ojos verdes, nariz perfilada, labios delgados y rosados.

Nada que envidiarle a Grace Kelly.

Pero la muerte se puso berrinchuda y se la llevó en nueve minutos.

Inesperado, brutal, devastador.

Hoy, otra vez, regresó esa misma sensación.

Sientes que algo te devora por dentro, con la furia de un dinosaurio carnívoro del Parque Jurásico.

Lo peor es que morir es lo única cosa que tenemos segura desde antes de venir aquí.

Vivir es morir lentamente.

Vivir es alimentar un destino trágico e ineluctable.

Aún me falta ir al velorio.

De antemano, les adelanto que no seré capaz de acercarme al féretro.

Corro el riesgo de agarrarle la mano, acomodarle la blusa y pedirle que regrese a este mundo miserable y absurdo, tal como lo hice con mi amada Yolanda.

Un aplauso para quienes no están bien

Ayer, mientras hacía fila en el supermercado, sucedió algo impensable en estos tiempos donde el positivismo y la felicidad permanente se han vuelto ley: un hombre joven, quien estaba delante de mí en aquella hilera, se encontró con un amigo del colegio y cuando éste le preguntó cómo estaba, el muchacho tuvo el valor de responderle con una frase que hace rato no escucho en las conversaciones casuales en el Malecón Bahía de la Cruz, el Centro Cultural del Banco de La República o el piso 14 del Hotel Torremar: “No estoy bien”.

Si les soy franco, amé su respuesta. De hecho, la amé más que su amigo, quien al escucharla prefirió cambiar de tema y hablar de fútbol para no encartarse con una catarsis que no estaba interesado en oír.

El muchacho lo entendió al instante y le siguió la corriente para no desentonar.

Tristemente, decir que estamos mal se volvió un crimen, un pecado de los muchos que cometemos consciente o inconscientemente a diario.

Sí o sí, tenemos que estar bien.

Sentirnos felices se nos convirtió en una obligación.

De ahí, el estigma de “negativos”y “malagradecidos con Dios y con la vida”a quienes se permiten reconocer que algo les duele, que algo les falta, que se sienten frustrados o que algo les incomoda en el destino que les tocó vivir.

Pero la realidad es que tanta felicidad y tanto positivismo no están matando por dentro.

Allá afuera, lo que abundan son actores magistrales de monólogos sobre el arte de estar bien. Te cuentan lo maravillosa que es su vida, sus logros y su plenitud desbordada. De hecho, nosotros mismos también hemos sido actores de estos monólogos en muchos momentos.

Pero cuando cada quien se despide y prosigue con su trayecto, el telón baja y la realidad ruge como un león hambriento en las almas abatidas y cansadas del mundo. 

¿Te has preguntado cuántos de tus familiares y seres queridos se sienten miserables mientras te sonríen? ¿Ya te cuestionaste si la persona que está sentada a tu lado realmente está bien o simplemente te ha dicho lo que quieres oír para no molestarte con sus dolores y batallas intrínsecas?

Si ustedes supieran la cantidad de personas que están pensando en suicidarse mientras se ríen junto a ustedes y hacen chistes para divertirlos, se irían de espaldas.

La depresión y la ansiedad se pavonean frente a nuestros ojos, vestidas de Armani, Versace y Prada, y se burlan en nuestra cara.

Pero estamos tan sumergidos en nosotros mismos, amamantando a nuestro ego, que ni nos percatamos de lo que ocurre.

Lo importante es que los otros estén bien y que no se quejen para no tener que lidiar con sus historias. De paso, no nos contaminamos con su pesimismo si desean llorar, gritar o desahogar lo que traen atorado en la garganta.

 Por mi parte, sólo me resta ponerme de pie y aplaudir a quienes tienen la valentía de aceptar que están mal.

Gracias, infinitas gracias por decirlo.

Gracias por recordarme que no tengo la obligación de ser un monumento viviente a la dicha y el optimismo.

Gracias por hacerme entender que no soy el único que no encaja en esta filosofía donde debemos estar siempre felices y en armonía con el Universo.

Pero, sobre todo, gracias por ser ustedes mismos. Eso vale muchísimo más que fingir para complacer a esta sociedad de grandes actores de monólogos sobre el arte de estar bien todo el tiempo y evadir la realidad del otro con temas ligeros para no untarnos del negativismo de aquel que ha decidido no ponerse una máscara y respetar lo que siente. 

Actores como esos amigos del colegio que prefieren hablar de fútbol antes que escuchar tu catarsis en el supermercado.

Salvatore Laudicina

Catarsis silente en el ocaso

Llegar puntual a la cita para extraviarse en la belleza.

Soltar el yugo hasta que la tarde agonice.

Nada duele, nada frustra, nada asfixia.

Y mientras se desdibuja el lienzo, recordar.

Recordar que la felicidad es sueño, que todo es efímero y que la guerra aún no termina.

Salvatore Laudicina