Mi nombre es Salvatore Laudicina.
Nací en Buenaventura un 22 de noviembre (el año no viene al caso) y nací para escribir. Ese fue el don que Dios me prestó.
Mío, no es.
Desde que tengo uso de razón, amo las letras. Sí, suena cliché, la típica respuesta de quienes escriben, pero es la verdad.
La escritura siempre ha sido una adicción medicinal, mi escondite favorito cuando deseo escaparme de mí mismo.
De niño, me apasionaba escribir cuentos. Cuentos básicos, sosos, pero escritos a mano y con una ortografía impecable.
En la secundaria, por esas aciagos castigos del destino, tuve que mudarme a Buga para vivir con mi familia paterna.
El cambio cultural fue brusco, agresivo. Me morí en vida. Dejé atrás la casa de madera donde nací, mis amigos de toda la vida, mi cotidianidad y mi alegría para convertirme en alguien que estaba mas no existía.
En medio del duelo, las letras estuvieron allí para sostenerme y darme la fuerza necesaria para hacerme fuerte y seguir adelante.
Para un adolescente solitario como yo, el crear historias y personajes me permitía darle forma a mi mundo. El mundo de alguien callado, inseguro, reflexivo y acostumbrado al matoneo que recibía a diario de sus compañeros de clase.
Ahora que lo que pienso, el averno que viví en mis años escolares fue mi segunda escuela. A la vez que aprendía de matemáticas, sociales, religión y dibujo técnico (trazar una margen recta no es para mí), aprendí a ser resiliente, perseverante y algo masoquista pero con un aguante de acero.
Las cualidades perfectas para todo aquel que desee escribir y adentrarse en un mundo tan caótico y encantador.
Hasta hace un tiempo, esas cualidades me fueron de mucha utilidad para seguir aquí, sentado frente a la pantalla del computador, esmerándome por encontrar esa primera frase, esa frase perfecta para comenzar un texto y serle fiel a mi estilo de escritura.
Pero hoy, mientras escribo estas líneas, estrellándome de frente con mi frustración profesional, acariciando el pelaje de una depresión que me consume lentamente, estoy en la obligación de ser honesto conmigo mismo y con quienes lean este texto: de nada sirvieron estos años de entregarle mi vida al oficio periodístico.
Podría alardear de mi perseverancia y darle vida a una escritura más comercial, pensada para deslumbrar al lector, con párrafos para mitigar el dolor de mi ego.
Pero prefiero ser YO.
La mezcla de varios hombres imperfectos que habitan en un mismo cuerpo:
El joven que comenzó a estudiar Comunicación Social-Periodismo en la Universidad de Manizales y que dos años después, producto de su alergia al clima frío y a su inestabilidad, regresó al Valle del Cauca para intentar estudiar en la Universidad del Valle y terminó su pregrado en la Universidad Autónoma de Occidente.
El periodista no graduado que comenzó en la página web SoydeBuenaventura.com, después de tocar muchas puertas en su ciudad natal, recibiendo la mirada propia de quien no es nadie y es simplemente alguien hambriento de una oportunidad.
El idealista que se prometió a sí mismo triunfar en este oficio el 04 de septiembre de 2010, día en que obtuvo su diploma, con el romanticismo propio de quienes no le temen a los desafíos.
El soñador que entró sin pizca de miedo a la oficina del director del departamento de publicaciones de su universidad con la firme intención de convertir su trabajo de grado en un libro y no descansó hasta lograrlo.
El periodista graduado que caminaba las calles de su ciudad con una burda escarapela de papel, hecha en computador, cazando noticias y crónicas urbanas para poner las primeras piedras del camino. Ese que fue capaz de entrevistar meses después a reconocidos artistas hispanos, aún a sabiendas de que recibirías muchas negativas por tratarse de un medio digital emergente.
El hombre que regaló su trabajo a distintos medios internacionales durante varios años para demostrar su potencial y abrir puertas . Como olvidar las tardes en las que me metía a la cabina telefónica de aquel café Internet en el centro de la ciudad, sudando a cántaros y contando el dinero para calcular el tiempo que debía demorarme en cada llamada internacional.
Mientras conversaba con nombres como Adamari López, Alberto Plaza, Arturo Ripstein, Catherine Fulop, Cristina Saralegui, Dyango, Gloria Estefan, Jon Secada, Luis Enrique, Rosana, Roselyn Sánchez, Sole Gimenez y Thalía, por mencionar algunos, el sudor aterrizaba en las hojas de papel donde apuntaba las respuestas con la velocidad de una liebre.
Con tal de aferrarme a mi amor por el periodismo y la escritura, me irrespeté. Es preciso que lo diga para romper con ese relato donde la perseverancia lo admite todo. Sí, se debe perseverar. Lo que no debe hacerse es confundir perseverancia con trabajar gratis y sentirte en las nubes sólo porque un texto de tu autoría haya sido elegido para aparecer en una portada.
Eso es otra cosa: autoengaño, capricho, obstinación malsana.
Cuando entraba a la oficina del editor de un periódico o una revista, portafolio en mano, estaba seguro de que ese mismo día firmaría un contrato laboral.
Una vez sentado en la sala de redacción, podría cumplir el sueño de escribir crónicas y reportajes sociales y culturales donde pudiera voz a cientos de líderes y lideresas que trabajan en silencio por este país.
Estaba convencido de que lo lograría.
Llegué a insistir hasta tres años consecutivos en un mismo medio de comunicación.
Al final, la mismas promesas y la impotencia de saber que aquellas promesas nunca se cumplirían.
Adicionalmente, un conflicto intrínseco que me carcomía lentamente: haberme dedicados tantos años a un periodismo ligero para alcanzar mi objetivo y terminar atrapado en mi propia trampa.
Quedarme ahí, limitado a esas entrevistas, siendo uno más.
Con los años, me volví un experto en arrumar fracasos en el alma.
Nunca pensé que llegaría el día en que los intentos fallidos se vinieran abajo y me sepultaran en vida.
Mi segunda muerte.
A lo mejor tenga siete vidas como los gatos y aún no lo sepa.
Lo único que sé es que respiro pero no siento, río pero no disfruto y miro pero no observo.
Mi abuela materna decía que nadie escapa a su destino.
En mi caso, ese destino se resume en un verbo: escribir.
Más exactamente, escribir a su manera.
Parir un estilo donde lo periodístico y lo literario pueden vivir un amorío intenso. Crear sin ese miedo a que un editor te mutile las palabras para pulirte y hacerte más interesante a los ojos del lector.
Es la muerte más digna para alguien que tuvo el coraje de tocar puertas, ser fiel a él mismo y pelear inútilmente por su sueño en este país de palancas, golpes de suerte, relaciones políticas y amiguismos.
Amo lo que hago y no tengo un plan b.
Literalmente, estoy perdido.
Pero viviré esta infausta muerte en los linderos de mis frases largas y mis metáforas constantes.
De ahí, la necesidad de crear mi propio universo de escritura. Una asignatura pendiente y una manera digna de existir sin estar en un momento donde el periodismo y las historias se devalúan por causa de las redes sociales, la inmediatez y un desinterés absoluto por leer al otro.
Dedicar mis letras y mi esencia a contar historias que den cuenta de la resiliencia, la pujanza y el amor al territorio de quienes dedican su vida a transformar a mi ciudad, la región y al país.
Gente de carne y hueso, sin hambre alguna de fama y elogio, pero que se ha ganado a pulso el derecho a ser narrada y recordada.
Se lo debo al niño que escribía cuentos básicos y sosos, al adolescente maltratado por sus compañeros de clases, al joven que se enamoró perdidamente del periodismo escrito y a este adulto que ha tenido el valor de contar su verdad para quitarse un peso de encima.
De no ser así, no sería capaz de acariciarle el pelaje a una depresión feroz que me morderá en cualquier momento.
Ya no puedo más, pero este amor masoquista por las letras me sostendrá hasta donde sea posible.
